Vacaciones para volver: parar, cuidar y elegir qué sí
- Sustainable Teacher
- 11 ene
- 4 Min. de lectura
Hay años en los que las vacaciones parecen una lista de cosas hechas.
Y hay otros —como estas— en los que las vacaciones se parecen más a una sensación.
Estas Navidades no han sido un “hemos hecho de todo”, sino más bien un hemos estado.
He viajado a Granada, he pasado tiempo con mi madre, he quedado con amigas, he hecho deporte sin exigirme, he subido a la nieve con raquetas en el Puerto de la Ragua, he leído, he dormido mejor y, sobre todo, he bajado el ritmo. No todo ha quedado grabado, ni falta que hacía. Lo importante era estar ahí, no documentarlo.
Este post no va de contar cada plan ni de hacer balance de actividades.
Va de qué significa descansar cuando eres profe, de cómo desconectar de verdad, de sostenibilidad entendida como cuidado a largo plazo y de rutinas que no se rompen, sino que se suavizan.
Cuando descansar no es no hacer nada
Durante mucho tiempo asocié descansar con no hacer absolutamente nada.
Y durante mucho tiempo también sentí que, si no aprovechaba las vacaciones “al máximo”, estaba desperdiciándolas.
Con los años —y con el cansancio acumulado de los cursos— he entendido que descansar no es parar en seco, sino bajar la intensidad.
Moverse sin objetivos, leer sin subrayar, hacer deporte sin medir tiempos, quedar sin agenda y sin reloj.
Para mí, estas vacaciones han sido eso:
seguir caminando, pero más despacio.
He nadado algunos días, he hecho gimnasio otros, he salido a pasear, he hecho algo de pilates en casa. No para “compensar excesos”, ni para empezar el año fuerte, sino porque mi cuerpo funciona mejor cuando me muevo. Y porque, paradójicamente, moverme me ayuda a descansar la cabeza.
Desconectar como profe (que no es tan fácil como parece)
Creo que solo quien trabaja en educación entiende lo difícil que es desconectar del todo.
No porque estés corrigiendo exámenes en Navidad, sino porque la cabeza sigue funcionando en modo centro educativo durante días.
Las evaluaciones, las decisiones, los conflictos, las listas mentales de “esto lo tengo que mirar a la vuelta” no desaparecen por arte de magia cuando llegan las vacaciones.
Este año he intentado algo distinto:
no forzar la desconexión, sino aceptar que llega poco a poco.
Los primeros días todavía estaba en modo hacer, organizar, revisar.
Y luego, casi sin darme cuenta, empecé a olvidarme del calendario. A no saber muy bien qué día era. A no tener esa sensación constante de ir tarde.
Eso, para mí, es empezar a descansar de verdad.
Sostenibilidad también es cómo pasas tus vacaciones
Cuando hablamos de sostenibilidad solemos pensar en consumo, residuos, transporte o energía.
Pero hay una parte que se menciona menos y que para mí es clave: la sostenibilidad personal.
No hay vida sostenible posible si vivimos agotadas todo el año y pretendemos “recuperarnos” en dos semanas.
No hay educación sostenible si quienes enseñamos llegamos siempre al límite.
Estas Navidades he intentado aplicar la misma lógica que aplico al resto del año:
no hacer planes por inercia
no llenar los días porque “toca”
no consumir experiencias solo para sentir que he aprovechado el tiempo
He hecho planes sencillos, cercanos y realistas.
Y he dejado huecos sin rellenar.
Eso también es sostenibilidad.
La nieve como pausa: raquetas en el Puerto de la Ragua
Uno de los momentos más especiales de estas vacaciones ha sido subir a la nieve con mi madre para hacer raquetas en el Puerto de la Ragua.
No es una estación de esquí masificada, ni un plan de postal perfecta.
Es un lugar tranquilo, amplio, donde caminar sobre la nieve se convierte en algo casi meditativo.
Para quien no lo conozca, hacer raquetas de nieve consiste en caminar con unas raquetas especiales que se colocan sobre las botas y que permiten no hundirse en la nieve. No hace falta experiencia previa, solo ropa adecuada, algo de forma física básica y ganas de ir despacio.
Eso es lo que más me gusta de este plan:
no se trata de llegar lejos ni rápido, sino de avanzar con calma.
El silencio, el paisaje blanco, el sonido amortiguado de los pasos… todo invita a bajar revoluciones.
No hay notificaciones, no hay prisa, no hay nada que optimizar.
Solo caminar, respirar y mirar alrededor.
Familia, tiempo compartido y conversaciones sin prisa
Otra de las cosas que más valoro de estas vacaciones es el tiempo compartido sin estructura.
Desayunar con una amiga de toda la vida, pasar ratos con mi madre, quedar con familiares sin hacer grandes planes.
Conversaciones largas, silencios cómodos, paseos sin destino concreto.
Nada extraordinario, pero muy necesario.
Creo que, con los años, una aprende a valorar más cómo se está que qué se hace.
Y estas Navidades han ido mucho de eso.
Rutinas que no desaparecen, se transforman
No me gusta la idea de “romper todas las rutinas” en vacaciones.
Me genera más ansiedad que descanso.
Prefiero pensar en rutinas suaves:
me levanto sin despertador, pero me levanto.
Hago deporte, pero sin exigencia.
Sigo comiendo de forma parecida, pero con más flexibilidad.
Eso hace que la vuelta no sea un choque frontal, sino una transición.
Cuando cuidamos las rutinas básicas —sueño, movimiento, alimentación—, el descanso es más profundo y más real.
Desconectar también es elegir qué no grabar
Este año he grabado menos de lo que podría haber grabado.
Y ha sido una decisión consciente.
No todo tiene que convertirse en contenido.
No todo merece ser compartido.
No todo se disfruta más por grabarlo.
Parte de desconectar ha sido dejar el móvil a un lado, olvidarme de pensar en planos, en historias o en si esto “quedaría bien”.
Y curiosamente, eso ha hecho que lo poco que sí he grabado tenga más sentido.
Volver sin empezar de cero
No me gustan los discursos de “año nuevo, vida nueva”.
Prefiero pensar en continuidad.
Estas vacaciones no han sido un paréntesis, sino una pausa necesaria para seguir.
No vuelvo con propósitos grandilocuentes, sino con una sensación más clara de por dónde quiero ir.
Más despacio.
Con más margen.
Con más cuidado.
Y eso, para mí, ya es suficiente.










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